lunes, 15 de abril de 2013

Noches.

Esas noches que pasas consciente sin poder pegar ojo, con el cuerpo cansado y la mente más. Esas noches de desesperación en que ya no sabes qué hacer para descansar.
Esas noches no pueden compararse con aquellas en las que duermes y no descansas. Aquellas en las que tan sólo estás en tu pesadilla, en tu propio sueño destructivo, prisionero. Aquellas noches en que lo que temes se materializa ante ti. En que lo que quieres desaparece. Esas noches en que te despiertas en un mar de sudor frío; te despiertas gritando; te despiertas de golpe; te despiertas y sigues sintiendo la pesadilla; te despiertas llorando.
Esas noches que te arañan y te encierran en tus miedos, tus demonios. Esas noches en que tu corazón late a cien, por el temor de que algo se haga realidad.
Luego están las noches vacías. Las noches tranquilas. Las noches de las que no guardas ninguna sensación. Las noches en que descansas.
También hay noches de sueños alegres. Noches en las que sonríes mientras duermes, aunque no lo sepas. Noches en que tus ilusiones, tus ambiciones, te acompañan.
Y noches en las que sueñas que la más oculta de tus pasiones se despierta hambrienta de satisfacer ese deseo secreto y que al despertas te hace ruborizar y pensar, con alivio (y algo de pesar):
"Sólo era un sueño"
¿Qué has hecho en un sueño que desearías ser capaz de hacer realmente? ¿Qué has hecho que nunca habías imaginado hacer?
¿Cuántas veces has tenido la misma pesadilla?

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