martes, 11 de septiembre de 2012

Se busca.


    Se busca individuo de pelo marrón y tez morena. De 1'75m aproximadamente y de diecisiete años.
    DELITO: robo.
    RECOMPENSA: 8000€ en menos de una semana. 5000€ de una semana en  adelante.


    Arranco el cartel que han colgado esta mañana por todo el pueblo. Este era el último. Una cosa más solucionada.

    La fiebre no cesa. Me siento un momento a descansar. Quizás no debería haber quitado todos los carteles, pero por ahora no me arrepiento. No sé muy bien por qué lo hago, pero ahora estoy aliviada.

    No me siento bien. Las cosas parecen agrandarse y encogerse sin razón. Me levanto. Espero haber llegado a tiempo para que nadie lo leyera...

    Ahora me duele la cabeza. Lo capto, vuelvo a casa. Aprieto con fuerza la correa de mi bolso y me subo la bufanda hasta la nariz. Tengo frío. Y estamos a ediados de octubre. Aquí hace calor.

    Llego a casa. Saco las llaves para abrir la puerta. Las meto en la cerradura y la puerta se abre antes de girarlas por completo. Me quedo quieta. Juraría que había cerrado antes de irme.

    Tiemblo y cierro los ojos. Un despiste, no pasa nada. Solo he salido media hora.

    Entro y me aseguro de cerrar desde dentro. Dejo las llaves en en el mueble y subo las escaleras. Me tiro sobre el sofá un segundo. Me encuentro muy mal.

    Respiro hondo y me vuelvo a levantar. No puedo dejarme vencer por la fiebre. Me quito la bufanda y la chaqueta, vuelvo a tener calor. Subo hasta el tercer piso y me tomo un paracetamol. Tal vez se me pase pronto.

    No dejo de sudar. Me dirijo a mi cuarto. Abro las ventanas y corro las cortinas para que no entre la luz del sol. No sé si es cosa de la fiebre o si hace bochorno, pero cada vez tengo más calor.

    Me tumbo en la cama sin deshacerla. No aguanto más y me quito la camiseta y me descalzo. Intento conciliar el sueño. Entonces recuerdo que la música me ayuda a dormir. Me incorporo y busco en mesilla mi móvil, pero no lo encuentro. Es cierto, lo olvidé e el piso de abajo.

    Me levanto y me dirijo a mi escritorio, donde tengo una radio portátil. La pongo en la mesilla, sintonizo y bajo el volumen. Vuelvo a tumbarme y esta vez sí noto como el sueño me invade. Por fin...

    Una brisa me da en la cara. Abro los ojos. Estoy confundida. Observo el panorama que se presenta ante mí: La cortina ondea por el viento que es mucho más fuerte que antes. La radio parece haber perdido la señal y sólo escucho un sonido rasposo.

    Por lo menos parece que la fiebre a remitido. Me levanto para cerrar la ventana, y veo que el cielo está lleno de nubes. La calle está desierta, aunque eso no me sorprende demasiado. Las tormentas aquí son muy fuertes y solo a un loco se le ocurriría salir.

    El ruido de la radio me molesta, voy a apagarla. Me giro y me freno en seco. No puede ser. El móvil está sobre la mesilla. Abría jurado que antes no estaba. En seguida me convenzo de que con la fiebre no lo vi. Apago el aparato.

    Miro el reloj. Son las cuatro de la tarde, aunque parecen las ocho. Salgo de mi cuarto sin ponerme nada encima. Voy a tener la casa para mí sola durante mucho tiempo. Bajo a la cocina y activo la cafetera. Al parecer la medicina ha hecho su efecto.

    De pronto oigo un portazo en el piso de arriba. Me levanto de golpe. Esta vez estoy segura de que tenía las ventanas cerradas. Voy a subir, pero me detengo y miro hacia el soporte de cuchillos. Agarro uno no muy grande pero si afilado.

    Subo las escaleras despacio. Al llegar arriba veo que la puerta de la habitación de los trastos está cerrada. Respiro hondo y me acerco despacio. Veo luz escaparse desde la estancia. Poso la mano en el pestillo. Voy a abrir.

    De pronto un resplandor ilumina el pasillo desde la lucera seguido de un fuerte trueno. La luz que se colaba por debajo de la puerta desaparece y igual que la de las escaleras y supongo, la de todo el pueblo.

    Empiezo a escuchar el fuerte golpeteo de la lluvia en el tejado. Con el sobresalto, he soltado el pestillo de la puerta. Me lo pienso mejor y arrimo la cabeza, a ver si escucho algo. Durante unos instantes tan solo oigo  el ruido de la lluvia en el exterior y la sangre circular en mi cabeza. Voy a abrir cuando oigo caerse algo dentro. Me separo de la puerta y otro rayo ilumina el corredor.

    El miedo acude a mí y en cuanto llega el trueno, un nuevo sonido aparece. Alguien está petando a la puerta de entrada. De forma insistente.

    Maldigo en voz baja y corro a mi cuarto a ponerme una bata. Cada vez llaman más fuerte, ¿quien puede ser, con esta tormenta? Bajo corriendo mientras me abrocho los botones. No dejan de insistir. Cuando llego abajo miro la puerta. No tengo idea de quien puede ser. Me acerco y agarro las llaves. Las meto en la cerradura y pego la cabeza a la madera.

-¿Quién es?-Pregunto en voz suficientemente alta.

    Los golpes cesan. Oigo los latidos de mi corazón. Apreto el mango del cuchillo en el bolsillo de la bata.

-¿Emma?

    Mi corazon parece detenerse y por un momento me quedo sin fuerzas. Dejo el cuchillo en el mueble y abro la puerta. La lluvia, el viento y el frio entran en el recibidor, pero solo me centro en la figura empapada que rapidamente se acerca a mi.

    Cierra la puerta y gira la llave en un rapido movimiento y es cuando me mira sonriendo con esos ojos oscuros. Su pelo rubio se le pega a la frente por la lluvia y la ropa se le pega al cuerpo, chorreando. No puedo evitar fijarme en cómo marca sus brazos y el torso. Desvío la mirada y subimos al segundo piso.

-Te daré una toalla, Nat, pero dime ¿qué hacías ahí afuera?

    Me dirijo a un armario de espaldas a él y busco una gran toalla mientras espero su respuesta. Encuentro una grande y la agarro. Me dispongo a cerrar la puerta cuando responde. Me quedo congelada y la toalla se me cae.

-Perseguía a ese hijo de puta.

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