viernes, 21 de septiembre de 2012

Se busca. CAP 3


    Cierro la puerta y subo hasta la cocina, donde lo recojo todo. Me voy a mi cuarto en el tercer piso y me pongo el pijama. Me meto entre las sábanas y cierro los ojos. No puedo dormir. Hay demasiados pensamientos incoherentes en mi cabeza. Aun noto el beso de PA. Aun tengo los labios hinchados. No puedo detener todos los pensamientos que me vienen a la mente.

    No puedo creerlo. Yo, que nunca había besado a nadie, en una noche doy más de dos, y a dos personas diferente. Bueno, me dan... ¿Por qué sólo puedo pensar en el de PA? Nathan... no fue como me lo había imaginado. Estaba borracho. No fue...

    Dios, el beso de PA sí que fue... como me imaginaba un beso. Recuerdo que me miró fijamente a los ojos. Me dio tiempo a retirarme, me dejó elegir. Y una vez me había besado, me dio la opción de parar. Fui yo quien quiso continuar. Fui yo quien lo permitió.

    Soy yo la que está pensando que el beso de PA fue mejor que el de Nathan. Que Nathan ha sido un capullo.

-Joder-susurro.-qué lío. Acabo de conocer a PA, y a Nathan lo conozco desde siempre. Miro mi despertador. Las dos de la mañana. Mañana es domingo, y el lunes hay clases.

    Cierro los ojos de nuevo, y vuelve a mis labios la calidez del beso de PA. Lucho por dejar de pensar en ello. Por dormir, pero al final mi mente lo recrea todo de nuevo.

    Cuando abro los ojos ya es de día. La luz se cuela por el hueco de la puerta y se oyen los ruidos de la calle. Me levanto y me dirijo a la cocina, donde no hay nadie. Me preparo el desayuno y leo la nota que mi madre dejó en la nevera, sujeto con un imán.

    Al parecer mi padre ha salido de viaje hace una hora y mamá se quedó en el hospital para hacer doble turno. Miro con aire ausente lo que me rodea y resoplo. Me termino el desayuno y voy a cambiarme. La verdad es que no paso mucho tiempo con mis padres. La mayor parte del año estoy sola o no nos encontramos, aunque estas vacaciones fuimos juntos a la playa una semana.

    Vuelvo a resoplar mientras hago la cama. Mañana es veinte de septiembre. Papá estará fuera un mes. Me tumbo en el sofá y agarro el móvil. Tengo tres llamadas de July. Recuerdo todo lo de la noche anterior y cierro los ojos mientras pulso la tecla de llamada. No es que me apetezca hablar con July, pero tengo que aclarar mis ideas, y siempre nos lo contamos todo. Tal vez sirva de algo. Escucho los pitidos que indican que hay línea y responden.

-¿Sí?

-July, soy Emma.

-¡Emma! ¿Qué haces despierta? ¡Son las diez de la mañana!

-Dormilona, ayer te quedaste hasta tarde.-Sonrío-Y además, me has llamado hace una hora.

-Sí, porque me desperté y volví a llamarte. Quería hablar contigo, pero espera, me visto y me espabilo y en media hora vienes ¿ok?

-¿Por qué no vienes tu? Tengo la casa para mí sola, de nuevo.-Oigo un ruido apagado de fondo, y contesta.

-Qué suerte tienes, tía. Siempre tienes la casa libre. Lo qué harían unas cuantas en tu lugar, incluso a mí se me ocurren algunas ideas... En fin, de acuerdo, voy en media hora. ¡Pero que conste que ya sé lo de mi hermano! Así que, conociéndome, sabes qué voy a hacer.

-¿¡Qué vas a hacer!?-Le pregunto, nerviosa de pronto, pero ella se ríe.

-Ya verás, y tranquila, no es nada malo. Hasta luego.

    Cuelga y me deja con la curiosidad de qué va a hacer. Me preocupo. Nada malo para ella es distinto que nada malo para mí. Me encojo de hombros y me voy a peinar. Vuelvo a sentarme y tras un rato escuchando música suena el timbre. Tan sólo han pasado algo más de diez minutos. Me levanto y bajo para abrir la puerta. Mientras busco la llave en mueble le hablo.

-Debes de tener mucha prisa, has llegado veinte minutos antes en vez de retrasarte-Le vacilo. Meto la llave en la cerradura y abro-Ho...la

-Hola Emma.

    Es Nathan. Se me detiene el corazón. Dios, no puede ser. ¿Qué hace aquí? No sé qué hacer, estoy bloqueada. Recuerdo lo que ha pasado ayer. No sé qué pensar. Es más, por eso quería hablar con July.

-¿Puedo... puedo pasar?-Me pregunta.

    Le miro. Tiene las manos en los bolsillos de los vaqueros. Y está encogido, como incómodo. Y la camiseta le queda genial. Me aparto para cederle el paso. No sé qué decir. Cierro la puerta de nuevo y me giro. Le miro a los ojos y reúno el valor suficiente para hablar, sin parecer tan vulnerable como me siento.

-¿Qué quieres?

-Hablar contigo.-Me mira fijamente a los ojos. Me doy cuenta de que se siente peor que yo, o eso parece. Sigo mirándole, sin soltar aún las llaves en el mueble.-Quiero pedirte disculpas. Ayer me comporté como un cerdo.

    El corazón me da un vuelco de alegría. Se acuerda, y reconoce que no quería comportarse así. Estoy a punto de disculparlo cuando una duda me asalta, hiriente: ¿No quería besarme? ¿Todo fue un error?

-Bueno... esto...-balbuceo. No puede ser, vuelvo a comportarme como una idiota. Me arde la cara y miro hacia abajo.

-Quiero decir que...-se calla y no veo su expresión porque no me atrevo a mirarle. Pone las manos en mis hombros y levanto la vista. Tiene la cara a escasos centímetros de la mía y su mirada clavada en mí. Me mira la boca y de nuevo a las ojos. Dios, no sé qué me pasa... Siento un hormigueo extraño en el estómago.-Quiero decir que quería hacerlo.-Abro mucho los ojos y juro que se me ha parado el corazón.-Quería besarte, pero no de ese modo... borracho...

    La cabeza me da vueltas. No quepo en mí de la alegría. Acabo de perdonarle para siempre, lo sé. El corazón me late a cien. Estoy muy nerviosa, quiero sonreírle, pero parece que aún quiere decirme algo.

-Quería darte un bonito beso, de verdad...-me mira a los ojos y se acerca un poco más, muy poquito. Pero lo noto y cierro los ojos.

    Me besa. Oh, dios, su aliento sabe a menta. Es completamente diferente al de anoche. Es suave. Tierno. Compartido. Es como un beso de película. Se separa y me mira.

-¿Como este?-Pregunto, sonriendo.

-Como este-niega, besándome de nuevo. Esta vez me acaricia el pelo. Lleva una mano a mi cintura, pero no es como anoche, es distinto. Llevo mis manos a su cuello y nos quedamos así.

    Tras un rato, llaman al timbre. Nos separamos al segundo timbrazo y vuelvo a la realidad. Busco las llaves. Están en el suelo. Miro por la mirilla a ver quién es y noto como si una flecha me atravesara el estómago. Me giro hacia Nathan.

-Por favor, ¿puedes irte por la puerta de atrás?-Le suplico.

-Sólo si me prometes que saldrás conmigo.

-Sí-respondo. Me guiña un ojo y se va.

    Cuando se ha ido, abro. De nuevo estoy confusa, y me mata la sensación. Acabo de olvidar el beso de Nathan. Ahora sólo soy capaz de pensar en los ojos verdes que me miran.

-Hola, ¿Qué tal, princesa?

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