En una nube de humo perfumado con su olor.
En un laberinto de rosas con espinas.
En un barco, en aguas fantásticas, sin brújula.
En una encrucijada cuyos caminos llevan al mismo sitio.
En un sueño agridulce.
En una pesadilla deliciosa.
En el país de las maravillas, atrapada como el sombrerero loco.
En un carrusel mágico que nunca se para.
En un deseo incompleto.
Bajo un cielo con eterna luna llena.
Al otro lado del espejo.
Empapada por una lluvia de verano, saliendo de la piscina.
En el ojo de un tornado.
A media altura entre mente y corazón.
Viendo una película 3D sin gafas.
Tomándome un helado a 7°C
Con una bufanda a 30°C
Preguntándome de nuevo si la marioneta que cuelga de mi lámpara desde siempre es una bruja o un hada.
Decidiendo si borrar el tacto de unos labios oníricos o esperar.
Pensando si vale la pena, mientras me doy cuenta de que no volveré a dormir hoy, tras tres horas despierta.
Y que si lo hago, ya no soñaré.
Mirando a mi osito de peluche, para ver si me abraza.
Pero no lo hace.
Sonriendo al mirar su foto mientras resbala una lágrima silenciosa.
Dándome cuenta.
Vale la pena. Sí. Me da igual ahogarme en esa nube de humo perfumado, perderme y no encontrarme, pincharme, marearme, tener sueños contradictorios, acatarrarme o que me de un golpe de calor, bajar hasta el corazón, verlo todo al revés, tener medio deseo, sufrir los aullidos de lobos cada noche. Me doy cuenta de que la marioneta es un hada o una bruja según la ocasión. (O un hada mala... o una bruja buena) Que ese sueño me lo debo guardar, porque es mío, es mi ilusión. Que debo abrazar yo a mi peluche. Que no me importa las lágrimas que caigan mientras verle me siga haciendo sonreir.
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