Este martes nevó. No tuve clases. Y la nieve me hizo sonreir como cuando era una chiquilla. La chiquilla que sigo siendo.
Pero no es eso lo que quería decir, maldita sea. No sé a qué vino. O sí. Lo sé. Vino a que aunque quiera hablar sobre lo malo, mi cerebro ha seleccionado primero lo bueno. Esas cosas buenas que muchas veces se ven eclipsadas por las malas.
Me siento atravesada. Como si una espada se hubiera clavado en mi pecho. O como si estuviera debajo de 100 colchones, al revés de la princesa que estoy tan lejos de ser. Todo lo que escribo me parece sincero. "Pero no es bueno" me digo. Nada de lo que hago se me da realmente bien. No sé dibujar sin un patrón a seguir: si lo intento, sólo consigo imitar un dibujo de cando tenía cinco años. No soy capaz de componer una canción bonita u original. No puedo cantar como antes: ya no llego a notas agudas fácilmente. Ya no sé si es acertado seguir escribiendo. Ya no sé si debería seguir haciendo lo que hago.
Porque hay que ser buena en ello para poder seguir haciéndolo a largo plazo. Y cada vez veo más gente a mi alrededor que hace todo lo que a mí me llena con una facilidad y una calidad asombrosas, sin importarle realmente a la mayoría, o sin aprocechar eso que hace tan bien.
Y me planteo si debería dejarlo.
Porque, a fin de cuentas... si no valgo... ¿Cómo me voy a dedicar a ello en el futuro?
No sé qué pensar. Me duele dejarlo. Y me llena de angustia ver que no soy capaz de mejorar.
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