sábado, 15 de diciembre de 2012

Crónica de una experiencia por vivir.



Me siento en la silla en el centro del escenario. Sonrío, nerviosa, a Oro, y respiro hondo, mientras se abre el telón y todos aplauden. Tiemblo. Carraspeo un poco. Pronto los gritos de apoyo se desvanecen junto al resto de sonidos.

Estoy sola.

Coloco los dedos en su posición correspondiente. Cierro los ojos. Sé que me están gravando varias cámaras. Le dedico un pensamiento.

Toco la primera nota. La segunda. La tercera... Mis dedos empiezan a bailar solos. Poco a poco me tranquilizo.

Y empiezo a cantar.

Al principio me tiembla la voz. Luego voy subiendo el volumen hasta que sé que todos pueden oirme. Y me olvido de todo.

Cierro los ojos, inclinándome hacia atrás. Marco el ritmo con el pié. Y al echar una mirada  al público, veo manos levantadas. Sonrisas.

Sonrío y sigo cantando. Una sensación electrizante me recorre el cuerpo. Como si sólo estubiesemos mi guitarra y yo, en otra dimensión. Como si nadie me estuviese mirando.

Y cuando acabo, todos se levantan. Todos aplauden.

Y me siento... Siento que...

La música sigue sonando.

¿No la oyes? No, no está en mi cabeza.

Abrazo a Oro.

Suena en mí.

¿Sabes?

No hay nada como esto.

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