Es un día ventoso en Cedeira (Ferrol). La primera vez que vengo a ver el mar desde unos acantilados. Observo el paisaje y no dejo de sacar fotos a las marabillas que veo: Playas con agua azul, olas rompiendo en las rocas, árboles que besan el agua... Y aparte también encuentro cosas de montaña: grandes bosques de pinos y eucaliptos, caballos salvajes, ganado... También hay un campo eólico, es increíble ponerse debajo de uno de esos gigantescos molinos, mientras el viento de da en la cara, lo escuchas y los caballos trotan al rededor. Subo con los demás miembros de la excursión a la
cima del acantilado (los más altos de la Europa continental, por cierto). Sigo sacando fotos de las flores raras que veo ( yo soy de interior, y me encanta el mar), del agua, del cielo más azul... Y de pronto miro al mar y veo la línea del horizonte. Esa lineas que me acompaña a todas partes. Le dedico una foto y sonrío. Es una foto simple que lo dice todo. Al menos para mí. Volvemos al bus y media hora después nos vamos a otros acantilados más pequeños, y allí noto la falta de algo. Me pongo a buscar y lo encuentro: La línea del horizonte ha desaparecido. De pronto, siento que acabo de hacer un gran descubrimiento: Los límites sólo los pongo yo. El horizonte está ahí para que nos guiemos, no para que nos pongamos barreras. Esa frontera mágica y frágil también se puede romper. Se puede atravesar. Eso es lo que me enseñó el mar.
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