sábado, 17 de marzo de 2012

1ª historia.

  Un ciruelo en flor. El horizonte dándole la bienvenida al sol. Aunque no se aprecie, una mimosa al fondo. Tras la cámara, una chica de 15 años capturando una imagen que lleva viendo desde que tiene uso de conciencia. Modificada, claro está: los árboles crecen, y los jardines, sobre todo los grandes, sufren modificaciones. Un día caluroso de invierno. (Sí, 2012, ese año en el que el verano parece haberse adelantado demasiado). Seis gatos deambulando por ese mismo jardín. Abejorros aprobechando los últimos rayos de sol para polinizar las flores de este ciruelo y de su compañero (y de otras muchas plantas). La cámara se desvía un momento, para fotografiar a los gatos y de paso acariciarlos. Coger a uno en brazos y enseñarle la foto, que ignora. Sin embargo no me ignora a mi, y me lame la mano. Observo el paisaje y dejo descansar mi cámara. Observo el colorido del jardín ante las últimas luces del día. El lento pero constante trayecto del sol hasta su cuna. Uno pájaros nuevos picoteando en los árboles. Y otros pájaros que nos visitan todos los años cantandoa pleno pulmón. Cierro los ojos y dejo que me de el sol. Al abrirlos veo como este es besado por el horizonte y me coloco. Fotografío, por casualidad, la misma rama y las mismas flores. El viento empieza a soplar suavemente y una estrella luce en el cielo. Me quedo hasta que sólo se percibe el ajetreo de la gente a lo lejos y el despertar de los animales nocturnos y entro en casa con un escalofrío, mientras que mis gatos me observan astutos, leyendo mi mente.

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