domingo, 21 de diciembre de 2014

Los sueños, sueños son.

Soñaba.

Con 12 años, soñaba con alguien de mi edad. Otro niño.

Hablábamos de todo tipo de cosas, siempre solos y en un lugar ideterminado. Era como si nos conociéramos desde siempre, como si fuera natural encontrarnos, y como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

Junto a él me sentía tranquila, segura. Era cálido estar con él y reir juntos.

Siempre nos sentábamls el uno frente al otro. Siempre a la misma distancia.

Era algo mágico. Eso es lo que pensé en aquel entonces.

Aunque no pasaba todas la noches, era algo habitual. Por eso un día, al despertar, me di cuenta de que algo iba mal.

No soñaba nada. No recordaba ningún sueño.

Con el tiempo tuve que resignarme. Incluso cuando volví a recordar los sueños.

Aquellos extraños encuentros se habían terminado. Aquella sensación de confianza con él.

Nunca pude recordar su rostro o su voz una vez despertaba. Nunca supe su nombre.

Y sin embargo, hace apenas un par de meses, tan cerca de los 18 años como estoy... ¿por qué lo primero que pensé al despertar en mitad de la noche fue en él, a pesar de llevar años sin recordarle?

No lo entiendo. Ni nunca lo entenderé posiblemente.

Solo sé una cosa: los sueños, sueños son. Por mucho que me vea tentada de averiguar el porqué de esto, sé que es algo sin sentido. Y que siemplemente, es algo que puedo guardar en la memoria con añoranza y cierto resentimiento injustificado hacia ese sueño.

Un sueño tan especial.

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