Una historia entre millones, de las que hoy día hay en España:
Manuela, una mujer que se casó a los veinticinco años. Fue víctima de malos tratos a manos de su marido, hasta que diecinueve años después, con cuarenta y cuatro, se separaron. No tuvo hijos.
Manuela no tenía estudios, sólo primaria, pues de pequeña había tenido que dejarlos para ayudar a su padre en su tienda y a su tío en el bar. Buscando y buscando, encontró un piso barato para vivir, y pidió una hipoteca, pero necesitaba buscar un trabajo. Antes no lo había hecho, porque su marido era el que trabajaba fuera de casa Para ello, decidió sacarse el título de la ESO, y tras unas semanas lo consiguió. Entonces le aceptaron en una fábrica de coches, colocando las tuercas que las máquinas no pueden colocar. Era un trabajo duro, y ya llevaba dieciséis años trabajando en ello, con su nueva vida, que aunque no era un camino de rosas, para ella era una vida que disfrutaba con su esfuerzo y de la que veía recompensa.
Hace unos meses, la fábrica tuvo que cerrar por falta de presupuesto para pagar los salarios, y Manuela se quedó en la calle. Tiene sesenta y tres años, y al quedarse sin salario, no pudo pagar la hipoteca de su piso y se lo embargan. Por ahora se las apaña porque tiene unas amigas que la acogen, pero eso no es para siempre. Nadie la acepta para ningún trabajo.
La semana pasada ha ido a hablar con su asistente social, para buscar una solución. Después de lo que le dijo, ahora no sabe si tener esperanzas, o si ha hecho algo mal para que le pase lo que le pasa.
"Pues vaya apañándoselas como pueda: busque algunos trabajos temporales, ahorre algún dinerillo, y vaya reservando una plaza en la residencia municipal."
Una historia que ahora mismo, en este país, se puede encontrar multiplicada por millones.
"Esta historia no es mía. Mi padre me la dijo, y yo la escribo aquí, para que alguien más pueda leerla".
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